Pobre niña pequeña... ¿cuándo será el día en el que asomes tu frente a la luz? ¿Cuándo será el día que salgas de esa caja donde has estado guardada todo este tiempo?
Pobre niña que no sabe lo que siente ser escuchada... si con lo único que ha hablado es con una mal trazada sombra de su propia figura. Tantos años de vida y a la vez tantos años de desaparición...
¿Cómo es posible caminar sin piernas? ¿cómo es posible tocar sin manos? ¿Cómo es posible hablar sin voz?
Pobre niña que padece la peor de las enfermedades... la de sentirse menos humana, por ir siempre en brazos de alguien más...
Su curiosidad llega hasta que la correa se tense. Su voz es solo producto de su imaginación. Su voz es la ausencia de sonido alguno.
Pobre niña, pobre... ¡pobre niña! Todos repiten lo mismo, todos la comprenden, y todos le cortan las alas... Se frustra y llora en un rincón... porque a nadie le interesa oírla, porque ella no se hace oír... porque a su vez... no puede hacerse oír.
Otra vez, la pobre niña, vuelve a ser invisible... olvidada... manipulada.
Otra vez fracasa
Otra vez calla
Otra vez se esconde
Otra vez... no vive.
10 mayo 2014
09 mayo 2014
Encuentros... ¿reales?
- Otra vez nos
encontramos y volvimos a desencontrarnos.
Lo
que mas me emociona, es que ambos lo quisimos.
El
ruido de la maquina de escribir, y el sonido de las agujas del reloj, rompían
el silencio de aquella madrugada de domingo.
-
Son las 3 a.m...
Me
levanté porque no podía conciliar el sueño.
Aún
estoy en pijama, y sólo tengo fuerzas para escribirte...
Intento
recordar...
*-
Cuánto lo siento... mis ojos no habían visto que en frente a ellos estabas
vos.
Él
se agachó y la observó.
-
Tan hermosa... como siempre.
Él
sonrío.
Ella
se sonrojo.
Ambos
usaron el silencio como excusa para contemplarse.
El
trató de romper el silencio con un chiste.
Ella
se rió, porque volvió a ser feliz...
-¿Estás
bien? - El besó dulcemente sus labios.
Ella
correspondió al beso, con sorpresa, y asintió
.
-Gólpeame
en la frente, porque no puedo entender, creo que estoy soñando.
Ella,
con gracia, lo golpeó con suavidad.
Luego
de unos minutos, alguien avisó que el show iba a comenzar.
-Vení,
vamos. ¡dale!
-Espera...
te amo
-¡Yo
también! vení, vení...
El
la ayudó a levantarse, y se posicionaron frente al mar.
-
¿Quieres ser una princesa? - gritaron tres mujeres desde un lado.
Ese
momento, sin dudas, era el mejor que hasta ahora había sucedido.
Era
perfecto... ella lo sintió así.
Era
perfecto, porque el estaba ahí.
Fuegos
artificiales desprendidos desde la arena era lo que esa mañana se
observaba.
Los
cálculos fallaron, la dirección se desvió, y algo salió mal.
Ella
terminó herida. *
-
He callado tanto...
Disculpa
si no te dije todo lo que pensaba o todo lo que sentía.
¿Pasaste
bien? pues yo si. Y el último inconveniente no me importa... aún tengo heridas
sin sanar y otras tantas cicatrices, pero eso es lo de menos.
Espero
estés bien...
5
a.m.: La vela se consume, y el sueño por fin regresó.
Te
adoro. -
Cerró
el sobre con cera y la tiró en un rincón, donde se encontraban decenas de
cartas.
Se
llevó las manos a la cara, y con la última llama de su vela, que hacía esfuerzo
por no apagarse, trató de encontrarse con él... una vez más... en sus
sueños.
07 mayo 2014
Una noche en...
Soledad.
¿Acaso era una coincidencia que se llamara así?...
Vivía sola, y esa noche, ella se encontraba en su habitación como de costumbre. Alumbrada con la luz tenue de su lámpara encima de la mesa de luz, miraba la televisión. Buscando canales mas interesantes que los de cocina, los de deportes o chusmeríos.
Haciendo zapping a los canales y a su vida misma.
A su lado, un par de revistas que nunca leyó, porque nunca le interesaron, y un café por la mitad que ya se había enfriado.
Una imagen aburrida para cualquiera que se lo imagine... Pero ella no lo veía así, y su rostro lo delataba. Su sonrisa: pícara como la de una niña de cinco años. Su sonrisa que transmitía uno de los mayores enigmas de su vida... y sus ojos, tan grandes como todos los días... ansiosos y entusiasmados por descubrir más... prontos para sorprenderse.
Nadie lograba entenderla.
La verdad es que... yo sí entendía su sonrisa.
Pocos tienen la suerte de poder ser como Soledad... que por más que estén solos físicamente, sienten como en su cabeza, los invade una multitud de cosas que te acompañan. Son esas "cosas" que te ayudan a pasar por alto la rutina.
06 mayo 2014
El Caminante
Acá estoy, en un mundo extraño. Y es curioso, porque nací en
este lugar, pero ahora lo noto muy distante… irreconocible. Este es un mundo
que me lanza interrogantes como flechas. Flechas que se clavan en mi piel. Me
impactan, pero no duelen. El tiempo pasa y no consigo arrancármelas, y a medida
que pasa el tiempo atraviesan un milímetro más en mi piel, pidiéndome de esta
forma que las arranque, que no las deje hundirse por completo. Eso… eso sí
duele.
Este es un mundo que se vuelve un enigma.
Este es un mundo de cielo gris y nubes ocultas… y ésta es mi
casa: de paredes y techo inexistentes, pero que algún día existieron, y fueron
arrastrados por un remolino de inquietudes. Dentro de ella, estoy, en una silla
balanceándome. Balanceando las flechas que cuelgan de mi cuerpo, balanceando el
desorden de mis pensamientos; de mis ideas, de mis sentimientos…
Estoy sola. Físicamente sola. Mi familia de pronto se transformó
en retrato de treinta por cuarenta
centímetros, que se encuentra tirado en el piso.
En un momento decido despejarme, escapar de este lugar.
Busco distracción, entonces salgo con mi valija de recuerdos adormecidos y
camino hacia adelante, sin mirar atrás, dejando mi casa, y las cosas que aún
quedaban allí y me pertenecían. Me desprendo de todo eso para emprender un
viaje en busca de algo: una pista, o por qué no, la respuesta definitiva que me
asegure donde estoy, por qué y para qué.
¿Qué pasó con los demás? ¿qué pasó con lo de ayer? Mis
recuerdos son solo un peso en el presente.
Lejos de encontrar una respuesta, me siento en una plaza (al
parecer agradable) a esperar. El tiempo pasa… las agujas del reloj corren más
deprisa, como queriendo escapar, o como queriendo llegar al final de las horas,
al final del tiempo… Yo, sigo esperando que alguna solución caiga sobre mis
piernas.
Cierro los ojos e intento pensar. Abro mi valija y los
recuerdos flotan en el aire, livianos, llenos de paz.
Ante mi vista, la última navidad, como si fueran varias tomas de una videocámara, observo instantes: los rulos de mi madre obedeciéndoles por única vez al año, las sonrisas de mi padre que empujan por la espalda todo el estrés acumulado, ¡los ojos de mi sobrina! ¡enormes y brillantes ante los regalos!
Ante mi vista, la última navidad, como si fueran varias tomas de una videocámara, observo instantes: los rulos de mi madre obedeciéndoles por única vez al año, las sonrisas de mi padre que empujan por la espalda todo el estrés acumulado, ¡los ojos de mi sobrina! ¡enormes y brillantes ante los regalos!
Por último, se dibuja en estos recuerdos, mi cuerpo. Rígido
y de colores vivos, con una sonrisa que derrocha despreocupación.
Me asombro al observar que mi recuerdo se va borrando y en
su lugar aparece un espejo, que me muestra tal cual soy hoy, sentada en este
banco, en esta plaza, con cortes a causa de las flechas y otras tantas
pinchando mi interior. Mi cuerpo
descolorido, como si fuera una pintura dejada a la intemperie un día de lluvia,
me describe: cansada, inconclusa, fastidiada.
Mi sonrisa que no está, también es producto de mi asombro.
Forzosamente intento dibujarla, pero una vez que las comisuras de mis labios se
encuentran arriba, se caen, como si la gravedad misma pudiera hacerlas bajar.
Trato de visualizar a un lado de esta imagen mi “yo” pasado.
Lo logro, y una vez concebido mi cuerpo
en su totalidad encuentro las diferencias… Empeoré.
De forma abrupta, una distracción hace caer mis recuerdos y veo
pasar por las calles personas sin rostro que pasean sin dirección alguna.
Personas como yo, que probablemente, no noten mi existencia.
Los delatan sus pasos inseguros. Eso me lleva a pensar que
están en mi misma situación.
Personas descoloridas que caminan sin ver, que no saben con
qué se van a chocar.
A algunos los veía chocándose objetos y dejándose caer al
piso por un largo, largo tiempo.
Otros tropezaban con piedras, pero enseguida estabilizaban
su cuerpo y seguían su marcha casi olvidando que habían tropezado, y sin armar
mucho escándalo por eso.
Otros caminaban como si supieran con anticipación que habría
adelante. Paraban ante el obstáculo y se movían a un lado. Acto seguido,
continuaban su camino.
Así estuve observándolos un rato, viendo como caían, como se
quedaban inmóviles en el suelo, o como avanzaban con desconfianza pero con
velocidad; hasta que de repente, como si una piedra cayera de golpe en mi
cabeza, e hubiese activado la palanca que cuestiona, me puse a compararme con
ellas. Mi primer pensamiento fue que no teníamos nada en común… y luego de
pensar y pensar, fui encontrando similitudes, hasta llegar a la conclusión inicial,
de que no me parecía a ninguno de ellos. En primer lugar, yo no tenía esa
máscara que ellos llevaban, y eso me hacía preguntarme “por qué?” y en parte,
sentirme ofendida y rechazada. Quizás esa sea la razón por la cual no notan mi
existencia. Seguí analizando y comparando, y me di cuenta que yo no estaba en
la calle… yo estaba sentada en un banco, en frente a la calle, lejos de ella,
por lo tanto, lejos de atravesar un camino, lejos de caerme y quedarme
estancada, o tropezarme y seguir mi camino sin rencor. Me encontraba sentada en
un banco, mirando como ellos marcaban su camino, y como pasaba el tiempo, y yo
seguía estancada y sin hacer nada. Me comparé con ellos, y no estaba en su
situación como al principio había pensado, mi situación era peor.
Sin dudar, tomé fuerte mi valija y me levanté, sin tener
idea de que era lo que seguía.
Caminé con paso firme –o al menos, intentándolo- y vi caerse
de mi brazo una flecha. El dolor disminuyó brevemente, y en lugar donde estaba
la flecha, se formó una cicatriz.
Me detuve impactada, y me incliné a observarla: Recorrí con
mis ojos cada parte que la compañía, sin perder ningún detalle, para comprender
de que se trataba. Pude percibir al tacto que
se trataba de acero puro y que en una de sus lados estaba escrito: “Iniciativa,
continúa”
Luego de leer, pude ver como en mis manos se desintegraba
dicha flecha.
Me costó entender a que me estaba enfrentando… Ahora cargo menos peso y menos dolor, y me
dirijo en busca de más respuestas, porque es de la única forma en que puedo
hacerlo, avanzando y buscando las soluciones por mí misma.
Ahora sé a dónde voy. Voy a deshacerme de todas mis flechas.
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