06 mayo 2014

El Caminante

Acá estoy, en un mundo extraño. Y es curioso, porque nací en este lugar, pero ahora lo noto muy distante… irreconocible. Este es un mundo que me lanza interrogantes como flechas. Flechas que se clavan en mi piel. Me impactan, pero no duelen. El tiempo pasa y no consigo arrancármelas, y a medida que pasa el tiempo atraviesan un milímetro más en mi piel, pidiéndome de esta forma que las arranque, que no las deje hundirse por completo. Eso… eso sí duele.
Este es un mundo que se vuelve un enigma.
Este es un mundo de cielo gris y nubes ocultas… y ésta es mi casa: de paredes y techo inexistentes, pero que algún día existieron, y fueron arrastrados por un remolino de inquietudes. Dentro de ella, estoy, en una silla balanceándome. Balanceando las flechas que cuelgan de mi cuerpo, balanceando el desorden de mis pensamientos; de mis ideas, de mis sentimientos…
Estoy sola. Físicamente sola. Mi familia de pronto se transformó en  retrato de treinta por cuarenta centímetros, que se encuentra tirado en el piso.
En un momento decido despejarme, escapar de este lugar. Busco distracción, entonces salgo con mi valija de recuerdos adormecidos y camino hacia adelante, sin mirar atrás, dejando mi casa, y las cosas que aún quedaban allí y me pertenecían. Me desprendo de todo eso para emprender un viaje en busca de algo: una pista, o por qué no, la respuesta definitiva que me asegure donde estoy, por qué y para qué.
¿Qué pasó con los demás? ¿qué pasó con lo de ayer? Mis recuerdos son solo un peso en el presente.
Lejos de encontrar una respuesta, me siento en una plaza (al parecer agradable) a esperar. El tiempo pasa… las agujas del reloj corren más deprisa, como queriendo escapar, o como queriendo llegar al final de las horas, al final del tiempo… Yo, sigo esperando que alguna solución caiga sobre mis piernas.
Cierro los ojos e intento pensar. Abro mi valija y los recuerdos flotan en el aire, livianos, llenos de paz.
Ante mi vista, la última navidad, como si fueran varias tomas de una videocámara, observo instantes: los rulos de mi madre obedeciéndoles por única vez al año, las sonrisas de mi padre que empujan por la espalda todo el estrés acumulado,  ¡los ojos de mi sobrina! ¡enormes y brillantes ante los regalos!
Por último, se dibuja en estos recuerdos, mi cuerpo. Rígido y de colores vivos, con una sonrisa que derrocha despreocupación.
Me asombro al observar que mi recuerdo se va borrando y en su lugar aparece un espejo, que me muestra tal cual soy hoy, sentada en este banco, en esta plaza, con cortes a causa de las flechas y otras tantas pinchando mi interior.  Mi cuerpo descolorido, como si fuera una pintura dejada a la intemperie un día de lluvia, me describe: cansada, inconclusa, fastidiada.
Mi sonrisa que no está, también es producto de mi asombro. Forzosamente intento dibujarla, pero una vez que las comisuras de mis labios se encuentran arriba, se caen, como si la gravedad misma pudiera hacerlas bajar.
Trato de visualizar a un lado de esta imagen mi “yo” pasado. Lo logro,  y una vez concebido mi cuerpo en su totalidad encuentro las diferencias… Empeoré.
De forma abrupta, una distracción hace caer mis recuerdos y veo pasar por las calles personas sin rostro que pasean sin dirección alguna. Personas como yo, que probablemente, no noten mi existencia.
Los delatan sus pasos inseguros. Eso me lleva a pensar que están en mi misma situación.
Personas descoloridas que caminan sin ver, que no saben con qué se van a chocar.
A algunos los veía chocándose objetos y dejándose caer al piso por un largo, largo tiempo.
Otros tropezaban con piedras, pero enseguida estabilizaban su cuerpo y seguían su marcha casi olvidando que habían tropezado, y sin armar mucho escándalo por eso.
Otros caminaban como si supieran con anticipación que habría adelante. Paraban ante el obstáculo y se movían a un lado. Acto seguido, continuaban su camino.
Así estuve observándolos un rato, viendo como caían, como se quedaban inmóviles en el suelo, o como avanzaban con desconfianza pero con velocidad; hasta que de repente, como si una piedra cayera de golpe en mi cabeza, e hubiese activado la palanca que cuestiona, me puse a compararme con ellas. Mi primer pensamiento fue que no teníamos nada en común… y luego de pensar y pensar, fui encontrando similitudes, hasta llegar a la conclusión inicial, de que no me parecía a ninguno de ellos. En primer lugar, yo no tenía esa máscara que ellos llevaban, y eso me hacía preguntarme “por qué?” y en parte, sentirme ofendida y rechazada. Quizás esa sea la razón por la cual no notan mi existencia. Seguí analizando y comparando, y me di cuenta que yo no estaba en la calle… yo estaba sentada en un banco, en frente a la calle, lejos de ella, por lo tanto, lejos de atravesar un camino, lejos de caerme y quedarme estancada, o tropezarme y seguir mi camino sin rencor. Me encontraba sentada en un banco, mirando como ellos marcaban su camino, y como pasaba el tiempo, y yo seguía estancada y sin hacer nada. Me comparé con ellos, y no estaba en su situación como al principio había pensado, mi situación era peor.
Sin dudar, tomé fuerte mi valija y me levanté, sin tener idea de que era lo que seguía.
Caminé con paso firme –o al menos, intentándolo- y vi caerse de mi brazo una flecha. El dolor disminuyó brevemente, y en lugar donde estaba la flecha, se formó una cicatriz.
Me detuve impactada, y me incliné a observarla: Recorrí con mis ojos cada parte que la compañía, sin perder ningún detalle, para comprender de que se trataba. Pude percibir al tacto que  se trataba de acero puro y que en una de sus lados estaba escrito: “Iniciativa, continúa”
Luego de leer, pude ver como en mis manos se desintegraba dicha flecha.

Me costó entender a que me estaba enfrentando…  Ahora cargo menos peso y menos dolor, y me dirijo en busca de más respuestas, porque es de la única forma en que puedo hacerlo, avanzando y buscando las soluciones por mí misma.

Ahora sé a dónde voy. Voy a deshacerme de todas mis flechas. 

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