30 enero 2016
Relato de pasos, ideas sin un fin y clases sociales.
En uno de mis escasos recorridos por el mundo de lo incuestionable; logré convencerme de que - me tomo en este momento el atrevimiento de decir, deformando y perturbando la física-, todo lo que hacemos lo hacemos por inercia.
Entonces entre un pensamiento y otro que fue surgiendo en la medida que me empezaban a sudar las manos y el aliento pintaba abstracciones en el aire, me fui dando cuenta que, probablemente, era la única que no sabía dónde se encontraba; y me pregunté cuántas suelas habrían pisado los adoquines de la San Gabriel, la De Solís, o cualquier otra.
Para entender todo esto, debo aclarar que antes de todo salí de mi cueva con la intención de respirar aire nuevo, así que me senté frente al monstruoso y deseoso río y hablé sobre arbitrariedades con las sirenas de los cuentos. Solo entonces me di cuenta que la morocha de lunares blancos en la espalda ya estaba ahí, y siempre había estado, incluso desde antes que yo llegara.
Ella me esperó y acompañó sin fastidio en mi incansable recorrido y me escuchó cada inquietud por más aburrida que fuera.
Cuando emprendimos la marcha fui muy ambiciosa y me propuse ver algún que otro ser mágico, de esos que aparecen solo una vez en la vida.
Sin embargo, mi decepción fue tal, porque me di cuenta pasados unos minutos que ese no era mi día en la vida (y tal vez lo sería pero no en ese momento), así que seguí, sin ninguna intención y – acá es donde puedo afirmar la filosofía que profeso de que las cosas llegan cuando tienen que llegar – de pronto me sentí atraída por una melodía en una lengua que no comprendí, ni comprendo, de unos duendes con caritas de aburridos y eso, querido lector, fue lo más maravilloso que vi y el puntapié de las operaciones en toda la caminata.
Con la imagen de esas caras rechinando en mi cabeza llegué a la conclusión que antes había comentado (lo de la inercia) y procuré enfatizar en eso. Me cuestioné sobre la poesía en las paredes y en su anónimo autor. Observé pasivamente el arte de las rejas y las cortinas, y las botellas de vidrio recortadas en lo alto de un paredón cual exposición Duchamp, entonces conocí, por puro azar y destino, a los invisibles, los marginados, los del under. El abandonado, con un pedazo de carne entre los dientes atravesó sin mayor dificultad el desfile de botellas, cayó erguido y corrió hasta adentrarse en una de las tantas favelas subterráneas. Luego observé el mismo destino en una futura madre que escapaba de monstruos metálicos y dioses de licenciaturas trucadas.
En el otro lado de la calle lo observaba desde el porshe de su mansión, sin preocupación y con recelo, el Señor luego de uno de sus baños nocturnos.
Me cuestioné si el agua era un privilegio de los ricos por necesidad o por un acto de costumbre, y si los pobres la repudiaban o ya habían creado anticuerpos contra ella.
Un poco fastidiada por tanta injusticia me llené de indiferencia -como casi todos los días- y seguí observando.
Casi terminando la noche me pareció ver el laboratorio de Frankenstain más cerca de las nubes, pero recordé que los locos ya se habían extinguido y que aún no se había puesto de moda la locura, así que para evitar conflictos internos decidí volver a mi cuna, de la que salí y volví igual de perturbada.
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